samedi 15 avril 2017

Transcurría el sábado 15 de abril del año 1961. La mayor de las Antillas fue testigo de un hecho que marcó el viraje de la historia en América Latina y el mundo. Ese día aviones norteamericanos camuflados con la insignia de la Fuerza Aérea Revolucionaria atacaron sorpresivamente los aeropuertos de Ciudad Libertad y San Antonio de los Baños, en La Habana, y  el de Santiago de Cuba.
La gran prensa se hizo eco de una maniobra mediática y propagandística orquestada por el gobierno de los Estados Unidos, para justificar la invasión mercenaria preparada desde Estados Unidos, y que se produciría el día 17 de abril por Playa Girón y Playa Larga, al sur de la provincia de Matanzas. El leit motiv del ataque era el "descontento de pilotos cubanos" que decidieron realizar el bombardeo.
Lo que nunca imaginaron los estrategas de la CIA y la Casa Blanca era que el pueblo de la isla estaba preparado y organizado para enfrentar la agresión, bajo la guía certera y el genio militar del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
En el acto de despedida de duelo de las víctimas del ataque en las calles 23 y 12, en la habanera barriada de El Vedado, el líder de la joven Revolución expresó: "(…)Y cuando llegan las horas de las agresiones y cuando llega la hora del combate es cuando hay que levantar más alto las banderas. Había que poner más alta que nunca la bandera revolucionaria frente al enemigo artero y cobarde que nos atacaba, frente al poderoso gobierno imperialista que preparaba la invasión".
También declaró  el carácter socialista de la Revolución, "como para que no dijeran después que era un pueblo engañado el que estaba combatiendo contra los mercenarios del imperialismo".
En medio de esa vorágine popular, muchos cubanos y cubanas se vistieron de milicianos para defender la Patria. Uno de ellos fue el joven Eduardo García Delgado, quien nació el 13 de octubre de 1935 en el seno de una humilde familia de pescadores en Cienfuegos.
Estudió en el Instituto de su tierra natal hasta el segundo año del Bachillerato. Al morir su padre, Eduardo se traslada a La Habana en busca de horizontes para apoyar económicamente a su familia, empleándose por 45 pesos mensuales, en una oficina en La Habana Vieja, alternando esta labor con clases nocturnas de Mecanografía y Taquigrafía.
Después del triunfo del 1ro. de enero de 1959, Eduardo fue uno de los primeros jóvenes en incorporarse a las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR) y posteriormente pasó a formar parte de las tropas de la Defensa Antiaérea, donde además de artillero fungió como instructor revolucionario.
De aquel episodio trascendental de nuestra historia, retomo un fragmento de un reportaje escrito por el periodista Santiago Cardosa Arias, que publicó el periódico Revolución, bajo el título: Aquel Fidel escrito con sangre aún nos corta el aliento
-¡¡Laplace!!... ¡¡Laplace!!... ¿Estás bien? Dime. ¿Cómo estás?
-¡Bien!... ¡¡Tírate al suelo!! ¡Otro avión!
El joven que gritó primero vio venir el B-26 vomitando fuego. Ya el compañero interrogado en medio del estrépito de las calibre "50" se había regado por el pasillo que comunicaba con el dormitorio de donde salió la voz. El "pase" del B-26 con sus ocho ametralladoras dejó sus huellas destructivas en la gruesa pared. El estremecimiento inclinó el reloj, ligeramente. Marcaba las 5 y 50 de la mañana. De un buró saltó un pequeño almanaque. El joven, también tirado en el suelo, miró la fecha: 15 de abril de 1961.
Afuera, frente al edificio central del Cuerpo de Operaciones de las FAR, se oía el ruido, confuso, torpe, de los hombres sorprendidos por el ataque aéreo. Todos corrían a sus puestos de combate, en busca de sus armas.
-¡¡Avión!! ¡¡Viene otro!!
El sol ascendía lentamente y ahora era fácil advertir los grises vientres artillados de los dos B-26 enemigos. Por tres minutos las máquinas yankis sobrevolaron la pista y el edificio de las Fuerzas Aéreas Revolucionarias.
5 y 51 minutos. Carlos Laplace Martínez, de la Batería 6, y Eduardo García Delgado, artillero de las "4 bocas", permanecen aún en el segundo piso. Cristales, muebles, libros, han sido convertidos en escombros por las ráfagas. Todo está revuelto, destruido.
-¿Estás bien, Laplace?- vuelve a preguntar Eduardo.
—Sí. ¿Qué pasará allá abajo?
5 y 52 minutos. El combatiente que inquiría constantemente por su compañero abandonó su posición de refugio. Cruzó el pasillo, rumbo a la habitación contigua, en busca de su "metralleta".
-¡Tírate, Eduardo! ¡¡Viene otro...!!
El seco tabletear de las "50" ahogó la frase. El B-26 voló tan bajito, que parecía iba a aterrizar en la pista agujereada por la metralla. En un rápido movimiento, "la panza" del aparato casi roza el edificio, a la par que las "50" dejan escapar su mensaje de muerte. Eduardo, sin tiempo para lanzarse al piso, exhibe en el costado derecho una simétrica costura de balas: solo está herido a sedal.
Laplace le mira el rostro y ve, no el dolor, sino la indignación, la impotencia del herido que no ha tenido tiempo de llegar a su "metralleta" y mucho menos a la "4 bocas" emplazada cerca de la pista. El B-26 yanki tiene que alejarse. Las piezas antiaéreas ya están llenando su cometido, y todo el escenario atacado es un infierno. Los compañeros de Laplace y Eduardo también utilizan sus "Fal".
5 y 53 minutos. Carlos Laplace se incorpora. Ya cerca de Eduardo, ve la sangre que fluye de su herida. En los ojos del herido hay un odio cuando mira hacia el cielo por la ventana acribillada. -Mi "metralleta"...
Ha sido casi un susurro. Los disparos no dejan oír las órdenes que imparten los superiores. Laplace agarra por una mano a su amigo y compañero. Aquella mano llevaba unos segundos extendida, reclamando ayuda para ir en busca del agresor. La sangre salía. El pasillo se fue manchando, pero Eduardo no se quejaba.
Los gritos de afuera anunciaban una nueva y última incursión del B-26. Laplace lo ve venir. Siente la mano de Eduardo que se le va de dentro de la de él. El herido hace un esfuerzo por incorporarse. Pero no puede. Se arrastra hasta la puerta, mientras su compañero, llevándose la mano a la cabeza y pegando todo lo posible su cuerpo al suelo, espera. El aparato se acerca. Sus motores retumban en los oídos de los dos combatientes acorralados en el segundo piso. El tiempo se ha detenido.
-F- I- D- E- L
La mano firme de Eduardo le gana un tiempo, un mínimo segundo, a los tripulantes del B-26. Cada vez está más cerca el enemigo. Las paredes, el cemento, y la madera de las ventanas, saltan al aire como serpentinas. Eduardo ahora no gritaría nada al compañero. Mira para la puerta y ve las letras escritas con su sangre. Es un FIDEL escrito uniformemente. Rojo, que sobresalía entre el polvo levantado por la metralla.
Esperar. Segundo que no pasa como si el reloj también estuviese herido de muerte. El B-26 repitió la operación anterior. Ahora, además del fuego de ametralladora, ha lanzado dos "rockets". Laplace ve venir los proyectiles directamente sobre ellos. Siente el silbido sobre su cabeza. Y al fondo, a un lado, donde Eduardo mira el FIDEL, la explosión levanta, estrepitosamente, todo lo que hay en la pequeña habitación. Incluyendo el cuerpo de Eduardo.
Una estela de humo negro, espeso, deja el B-26 en la retirada. Uno de sus motores ha sido tocado por los compañeros de Eduardo y Laplace. Al avión lo devora el horizonte. El reloj marca las 5 y 53 minutos, con 30 segundos.
El joven miliciano, instructor revolucionario que llegó a convertirse en el Segundo del teniente Pedro Hernández Alpízar, yace a unos pasos de su "metralleta" que no pudo alcanzar. Está con ropa interior, forma en que fue sorprendido. Cerca están, destrozados, los libros que leía todas las noches. Y los libros donde apuntaba las distintas posiciones de las compañías de combate para enviarles los periódicos, las revistas y otros materiales de lectura que sus compañeros esperaban con ansiedad "en algún lugar de Cuba".
Hay otros recuerdos de Eduardo García Delgado, de 29 años. La metralla destruyó las notas que guardaba celosamente sobre su participación en el curso de alfabetización de las FAR. Él había sido uno de los maestros. La pequeña habitación quedó llena de otros recuerdos acumulados desde octubre de 1960 en que ingresó en la compañía de milicianos en el campamento aéreo de Marianao. Siempre activo, noble, desinteresado por el dinero; siempre revolucionario.
Pero la metralla no destruyó sus letras rojas, su mensaje: FIDEL.


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