mercredi 13 septembre 2017

Domesticar el amor

Por Tribuna de La Habana en la sección
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Por María Victoria Valdés Rodda
      
Cómo expandir nuestro círculo de relaciones afectivas sin las-trar seculares prejuicios que otorgan exclusividad de sentimientos solo a los íntimos. Cómo validar afinidades espirituales en el ánimo de conocer nuevas personas en entramados no solo virtuales, sino también físicos y cotidianos. Un guiño malicioso y un ah! de supuesta astucia de alguien menos moderno, hallará en estas palabras una justificación a los triángulos amorosos o las conquistas pasajeras, aliviadero de tensiones matrimoniales. Nada más alejado de este propósito.
Me refiero, por ejemplo, a la cordial receptividad ante aquel que sonríe cuando nos lo tropezamos reiteradamente durante las compras, los paseos, las “guaguas”. El apego debe consolidarse. ¿Quién no ha abrazado por la calle a una amiga después de 10 años, y que despedimos con un ¡te quiero hermana!, para colocarla otra vez en el olvido, sin desarrollar la madeja de un camino compartido?
Desde nuestra condición humana, necesitamos sentir el apretado lazo del abrazo, de la domesticación del amor. Está comprobado que la soledad y el aislamiento acelera el proceso de envejecimiento.
Enfermar de algún padecimiento conocido se puede asimilar con una frase al uso de “al que le tocó, le tocó”, pero eso de morir después de fregar un solo plato, o tras mecerse si-lenciosamente en el sillón, teniendo amistades y familia, es imperdonable. El abandono puede estar echando raíces en nuestros patios porque a veces la inadecuada comunicación corroe. Dejamos de “conectarnos” por premuras intolerancias, empecinamientos… larga es la lista.
La soledad es uno de los serios problemas clínicos de este siglo. Se detecta al analizar desórdenes como la depresión, el suicidio o las afecciones cardiovasculares. Conmino pues a la conservación de las buenas prácticas habituales; unas que tiendan puentes, no que los levanten. Empecemos con los buenos días, y al irnos de cualquier lugar, digamos hasta luego.
En la mitad de esa ruta debe haber espacios de apoyo. Indagar sobre la salud, los planes y estados de ánimos individuales debería calzarse además con acciones de soporte. ¡El cariño personal, y personalizado, no tiene sustituto! No hay daño alguno en demostrar y compartir las sinergias. Nada de malo en cultivar sanas simpatías humanas. El poeta chileno Pablo Neruda fue inmejorable cuando dijo: “¡qué soledad errante hasta tu compañía!”.

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